PSEUDODESCANSO
O la exigencia de llenar de “experiencias” el tiempo libre
Causa cierta desazón el volver de vacaciones, reencontrarse con los vecinos, compañeros de trabajo y otros conocidos, y, ante la consabida pregunta que viene inmediatamente tras los besos y abrazos o apretones de manos, o simplemente saludos a un metro de distancia cuando toca mantener la asepsia social ‒ya saben, esa pregunta de “¿y tú qué has hecho?”‒, responder: “nada”. Te miran prácticamente como si hubieras confesado un delito. Y ciertamente es así: has desaprovechado un paréntesis cuantificable en el tiempo ordinario de trabajo, has derrochado vanamente una oportunidad de tener experiencias. Experiencias que luego comunicar de forma ritual; experiencias para subir a las redes sociales; experiencias que te darán para contar mil anécdotas en los mil cafés que compartirás con una parte de esa gente. Eso te hace sentir culpable. No has sido vacacionalmente productivo. Eres poco más que un desecho social. Un verdadero paria.
Este contexto ya tan consolidado se basa en una permutación bastante perversa de la vida. La cosa es muy sencilla, aunque a Byung-Chul Han le dé para escribir tantos libros, todos ellos muy cortitos y amenos. A saber: hemos transformado lo que era la regeneración periódica de dicha vida en un asunto más de la lista de tareas pendientes; la mera y necesaria pasividad en una modalidad de acción. Gestionamos el ocio con la misma mentalidad de management empresarial ‒tan de moda hoy, y no es casualidad, en el terreno emocional‒ con la que un contable sénior de una empresa del IBEX 35 revisaría una plantilla de Excel un viernes a las tres menos cuarto de la tarde, absolutamente aterrorizado por el tiempo derrochado por los empleados, como si cada minuto no exprimido consistiese en una hemorragia de capital que es preciso taponar urgentemente. Este punto de vista de “inversiones y retornos” se ramifica en varios aspectos que conviene desgranar, sin caer en la tentación de resumirlos atendiendo a las típicas frases motivacionales propias de tazas de regalo (lo cual sería muy coherente, por otro lado, con esa “gestión emocional”):
En primer lugar, hemos desplazado el concepto del descanso desde la esfera de los derechos laborales ‒o, simplemente, del mantenimiento de la vida‒ hacia la esfera económica de la valorización de activos. Sólo nos permitimos el lujo de la inactividad bajo el pretexto funcional de “recargar las pilas”, metáfora que delata nuestra propia percepción como electrodomésticos o algo por el estilo. Paramos el fin de semana únicamente para asegurar que el lunes la maquinaria no eche humo, lo cual transforma el bíblico domingo de inacción ‒todo un mandamiento divino‒ en una suerte de pit stop de la Fórmula 1, que oscila entre la ansiedad y la depresión. Al condicionar el reposo a su utilidad futura, le extirpamos su verdadera naturaleza: la gratuidad total, el mero y placentero hecho de estar tirados en el sofá, mirando una mancha de humedad en el techo, sin sentir que deberíamos estar perfeccionando nuestro inglés o aprendiendo algo de diseño de webs para ser más eficientes en el curro.
A esto se suma la tiranía del emprendimiento en vivencias. En la cultura de masas y del espectáculo, cuyos nuevos profetas son los influencers, el descanso se ha vuelto una extensión del currículum social. Sentimos una angustia soterrada si el periodo vacacional no incluye una cantidad mínima de kilómetros recorridos, maravillas gastronómicas fotografiadas desde un ángulo cenital o vídeos nuestros a lomos de un camello en algún paraje exótico. No basta con hacerlo: hay que documentarlo y después publicarlo. Si no hay pruebas, la psique ultracondicionada por las redes sociales interpretará que el tiempo se ha “perdido”. A cada instante hay que sacarle rendimiento en términos de economía social ‒estilo de vida, éxito, diversión perpetua‒ y, a ser posible, hay que monetizarlo.
En tercer lugar, la sobreintensidad vital actúa como un mecanismo de defensa psíquica tosco, pero efectivo. El silencio y la inactividad son espejos crueles del alma; nos devuelven un reflejo de nosotros mismos que no queremos contemplar, que seguramente no somos capaces de aguantar. En cuanto nos detenemos un momento, afloran esas preguntas incómodas que el ruido cotidiano permite silenciar. Por eso, llenar la agenda hasta los topes ‒incluido, cómo no, el tiempo libre‒ es, en realidad, una táctica de evasión para no encontrarnos a solas con nosotros mismos. Porque lo más probable es que no nos soportemos.
Finalmente, la lógica de las métricas y rendimientos ha colonizado las parcelas más íntimas de la vida cotidiana. Exigimos que el paseo por el campo sea “inspirador”, que la meditación sea “sanadora” y que las vacaciones arrojen un “balance existencial” positivo. Y todo es cuantificable; todo responde a un cálculo utilitario medible y comparable. Considérese, por ejemplo, el caso de un conocido (llamémoslo F.) que el verano pasado alquiló una casa rural en la sierra con el propósito declarado de “desconectar del todo”. El bueno de F. empleó las primeras cuarenta y ocho horas de su retiro no ya en pasear por el bosque o en leer, por fin, a Tolstói, sino en configurar una red de repetidores Wi-Fi, porque la cobertura en la casa era insuficiente a la hora de sincronizar su reloj inteligente con los dispositivos locales y con una aplicación para la monitorización del sueño. A las tres de la mañana de un martes, tras despertarse y comprobar que su “índice de eficiencia REM” había caído un 12 % debido al estruendoso canto de los grillos, F. salió al jardín con un espray de insecticida y una lámpara halógena para intentar limpiar acústicamente la zona circundante, indignado porque “la naturaleza” estaba arruinando la optimización de su descanso estival. La imagen de un administrador de fincas en pijama a las tantas de la noche, helado por la brisa nocturna, rociando matorrales casi a ciegas para alcanzar la paz interior guiado por una app, resume muy gráficamente la actitud con que abordamos hoy por hoy el reposo vacacional.
Pero la verdadera liberación no pasa por diseñar la escapada perfecta, ni por inscribirse en un retiro monástico con sesiones de canto gregoriano, ni por participar en un curso de mindfulness basado en experiencias hápticas. Consiste, de modo mucho más prosaico, en reclamar el derecho a la vida ociosa en el barrio o en el pueblo, la dignidad de la inacción, la necesidad de la improductividad no justificada y la tolerancia al aburrimiento. El verdadero descanso no es una prolongación de nuestra vida como trabajadores y consumidores; es, sencillamente, lo que ocurre cuando nos desentendemos del futuro y dejamos de pensar en cómo aprovechar el tiempo.
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D+D PUCHE DÍAZ son los hermanos David y Daniel Puche Díaz. DAVID (Madrid, 1979) es doctor en Filosofía por la UCM y profesor de dicha materia en la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Mérida (EASDM), profesión que combina con la literatura. DANIEL (Madrid, 1983) es licenciado en Filosofía y en Teoría de la Literatura por la misma universidad, y se dedica en exclusiva a tareas literarias y editoriales. Juntos han publicado varias novelas, entre las que destacan las series de fantasía contemporánea y terror Balada de los caídos o Jenkins & Sinclair. Investigadores de lo sobrenatural; también colecciones de relatos como El Evangelio digital o El Onirium. Asimismo cultivan la filosofía y el ensayo, géneros en los que han publicado títulos como Cristianismo sin Dios, Vivir en el desarraigo o Topología del mundo.
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Por D+D Puche Díaz
Literatura | 22-8-26
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