5:00 a. m.
El escritor escribiéndose a sí mismo
Me levanto a las cinco de la mañana del sábado. Todavía es noche cerrada; queda mucho tiempo para el amanecer. El mundo entero está durmiendo y eso es lo que más me gusta: la sensación de soledad absoluta. No va a sonar el teléfono, nadie me va a decir nada, nada puede interrumpir mi trabajo. Estoy completamente solo en el mundo, en un día que todavía no ha empezado, y la gente todavía no se ha despertado.
Siempre tengo una jarra de café sobre la mesa. Y escribo, escribo, escribo... No dejo de teclear constantemente. Entre sorbos de café, con la mirada turbia y los ojos medio pegados, estoy absorto en la pantalla. Me cuesta hasta ver lo que escribo. De vez en cuando miro por encima de la pantalla, por la ventana; veo lo que hay ahí fuera, a oscuras, bajo la luz de unas pocas farolas y de las imprecisas estrellas, y vuelvo al trabajo.
Escucho música con los cascos puestos y el volumen alto. Me hace falta para mantenerme despierto, pero también me infunde sensaciones que necesito para escribir, un sustrato anímico con el que necesito conectar; una especie de sincronía con determinados matices sensoriales, intelectuales y volitivos. Suelo escuchar metal. Me viene bien a esas horas, me despereza y me eleva; pero lo cambio de cuando en cuando por otros géneros, para modular mi estado mental. Intento regularlo de una forma muy precisa mediante la música, provocando reacciones muy específicas, como si fuera una especie de química del alma.
Mientras tanto, el texto se va desarrollando muy lentamente en la pantalla; demasiado lentamente. Escribo mucho más despacio de lo que me gustaría, igual que leo también muy despacio. Tengo que echar muchas horas para conseguir un resultado bastante magro, como lo es este texto que estoy escribiendo. Igual que cuando leo, vuelvo sobre cada palabra, sobre cada línea, sobre cada párrafo constantemente; lo rehago todo, vuelvo a empezar, lo borro, lo corrijo… No me gusta… Es un proceso lento, minucioso, casi tedioso. La vida se me va en esto y, sin embargo, no sé qué otra cosa podría ser mi vida. Escribirme, corregirme, rehacerme… Supongo que en el fondo pienso que, siguiendo este camino, llegará el día en que haré otra cosa, pero el caso es que no me imagino haciendo otra cosa. Escribir es un medio para vivir y a la vez un fin en sí mismo; quizá éste sea un círculo vicioso del que no sé salir, pero es la vida que me he dado. Otra jarra de café, y a seguir escribiendo. Y sigo, y sigo, y sigo… y así se va la madrugada.
A medida que se va acercando la mañana, bajo un poco el ritmo de trabajo; quito la música, enciendo la radio y me paseo por la habitación dando sorbos a otra taza de café. Escucho un poco las noticias, lo que comentan los tertulianos acerca del mundo, las columnas de opinión… Es lo mismo de cada día, la misma desgracia cotidiana. Quito la radio y sigo escribiendo un poco más hasta que llegue la hora de desayunar. Me acompaña la música de nuevo, aunque he puesto algo más suave, más relajado.
Las primeras luces del alba empiezan a clarear. Paro un rato para pensar. Cierro los ojos, tengo las manos cruzadas sobre el regazo, reflexiono acerca del camino que quiero seguir. En el fondo, la pregunta siempre es de dónde vengo y adónde voy; pero no en este texto, sino en la vida. El texto es la propia vida prolongándose. Y, cómo no, me distraigo, me vienen pensamientos a la cabeza que no tienen nada que ver con lo que estoy haciendo.
Todavía retomo la tarea un rato más. Lo que me había propuesto escribir esta madrugada, esa cantidad aproximada de palabras, ya prácticamente está acabada. Luego me olvidaré del texto durante un buen rato. Saldré a la calle, me daré un buen paseo, estiraré las piernas y la espalda e intentaré descansar mi agotada vista. Compraré algo, volveré a casa, leeré durante cosa de una hora ‒seguramente poesía‒. Después de comer y de una breve siesta, seguiré trabajando. Revisaré lo que he escrito por la mañana, con toda probabilidad me parecerá que está muy mal, lo refundiré entero. Se me irá en ello la tarde, puede que incluso parte de la noche.
Es una vida casi monacal consagrada a la escritura, pero es mi vida. Me cuesta imaginarme haciendo otra cosa, y casi más me cuesta imaginarme deseando otra cosa.
D+D PUCHE DÍAZ son los hermanos David y Daniel Puche Díaz. DAVID (Madrid, 1979) es doctor en Filosofía por la UCM y profesor de dicha materia en la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Mérida (EASDM), profesión que combina con la literatura. DANIEL (Madrid, 1983) es licenciado en Filosofía y en Teoría de la Literatura por la misma universidad, y se dedica en exclusiva a tareas literarias y editoriales. Juntos han publicado varias novelas, entre las que destacan las series de fantasía contemporánea y terror Balada de los caídos o Jenkins & Sinclair. Investigadores de lo sobrenatural; también colecciones de relatos como El Evangelio digital o El Onirium. Asimismo cultivan la filosofía y el ensayo, géneros en los que han publicado títulos como Cristianismo sin Dios, Vivir en el desarraigo o Topología del mundo.
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Por D+D Puche Díaz
Literatura | 17-6-26
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