En la era de la hiper-información, arrastrados por el entusiasmo tecnológico, hemos cometido el error de confundir el almacenaje de la información con la preservación de la cultura. Y así, hoy nos enfrentamos al enorme riesgo de la “amnesia digital”. Porque la cultura no son flujos de datos en servidores; la cultura es, por definición, el conocimiento que estructura la mente humana y sobrevive generacionalmente a nuestra existencia individual. Desde este punto de vista, y contra lo que la gente suele creer, los ordenadores y la propia red son un soporte tremendamente frágil. Mientras que una biblioteca es un almacén de estados sólidos, internet es un ecosistema de estados transitorios; a diferencia de un papiro, que sobrevive milenios, o de un pergamino que dura siglos, los datos informáticos son “activos”, y esto quiere decir que, si no se “refrescan” periódicamente, desaparecen.
En última instancia, y por mucho que queramos hacer de ella algo mental, la cultura reside en un soporte físico. Un libro de hace quinientos años es un soporte informacional en sí mismo, una tecnología de lectura directa. En cambio, la “cultura digital” se ubica en una estratigrafía de formatos condenada a la obsolescencia. Sin electricidad y sin mantenimiento constante de los servidores, más del 90 % de la producción intelectual actual desaparece cada década. Estamos construyendo una civilización sobre arenas movedizas; guardamos el conocimiento global de la humanidad en arquitecturas lógicas que dependen de un software que al cabo de un tiempo ya nadie mantiene. Dentro de cincuenta años, recuperar un archivo actual será una labor de arqueología forense similar a una excavación. Los expertos llaman “Edad Oscura Digital” a esta pérdida masiva de información.
De ahí que haya una “política de la memoria” que pasa desapercibida a la población. Las bibliotecas físicas son, hoy por hoy, verdaderos búnkeres de resistencia cognitiva. En el ámbito de la economía de datos, todo lo que no es rentable se borra. Y si la cultura depende de servidores privados, el pasado se vuelve editable o, peor aún, eliminable en función de un criterio de eficiencia de costes o intereses empresariales. La piedra, el pergamino o el libro no tienen una “tasa de refresco”; son soportes pasivos que garantizan una cierta soberanía del tiempo sobre el mercado. Pero ahora ¿quién decide qué datos se migran a los nuevos soportes y cuáles no? Mantener la “nube” viva cuesta energía y capital. Si la elección de lo que sobrevive queda en manos de unas pocas corporaciones que sólo responden a criterios de rentabilidad, el pasado se convierte en una propiedad privada. Estamos delegando el derecho a ser recordados a algoritmos de optimización de almacenamiento. Nuestra herencia histórica tiene vocación de velocidad, pero ya no de permanencia.
Es la paradoja de nuestro tiempo: creemos haber alcanzado la cúspide del conocimiento porque toda la información está a un clic de distancia, pero el ecosistema entero podría convertirse en relativamente poco tiempo en una “Prehistoria digital”. El incendio de la Biblioteca de Alejandría de esta época podría deberse a un simple error de parcheo o a la quiebra de una multinacional tecnológica. Cada vez que entres en una biblioteca o una librería, piensa que los libros que tienes delante son hardware de alta fidelidad que lleva siglos funcionando sin gastar un solo vatio. La verdadera cultura está ahí; lo que hay en tu pantalla son sólo datos que podrían perderse esta misma tarde.
D+D PUCHE DÍAZ son los hermanos David y Daniel Puche Díaz. DAVID (Madrid, 1979) es doctor en Filosofía por la UCM y profesor de dicha materia en la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Mérida (EASDM), profesión que combina con la literatura. DANIEL (Madrid, 1983) es licenciado en Filosofía y en Teoría de la Literatura por la misma universidad, y se dedica en exclusiva a tareas literarias y editoriales. Juntos han publicado varias novelas, entre las que destacan las series de fantasía contemporánea y terror Balada de los caídos o Jenkins & Sinclair. Investigadores de lo sobrenatural; también colecciones de relatos como El Evangelio digital o El Onirium. Asimismo cultivan la filosofía y el ensayo, géneros en los que han publicado títulos como Cristianismo sin Dios, Vivir en el desarraigo o Topología del mundo.
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Por D+D Puche Díaz
Filosofía | 26-4-26
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