La luz de las fiestas puede acariciar los rincones más oscuros y solitarios del alma
Enrique deambula de noche como si quisiera absorber la sustancia de la ciudad que lo envuelve. Se acerca la Navidad y el ambiente festivo es como un incendio multicolor que se propagara por las calles; éstas se encuentran atestadas, todo el comercio está abierto hasta altas horas, con decoraciones especiales y llamativos rótulos y guirnaldas, y asimismo el alumbrado público se ha multiplicado hasta el delirio barroco con los motivos típicos de las fiestas. Parece que esté nevando luz blanca y dorada sobre la urbe mientras se escuchan villancicos y animadas conversaciones; los atascos de tráfico dan cuenta de la cantidad de gente que ha subido a Madrid para hacer las últimas compras de regalos y viandas, del mismo modo que las bocas de metro no dejan de vomitar gente adonde se diría que ya no cabe un alfiler. La masa humana lo llena todo, crea un calor cordial que contrasta con el frío reinante. Hay, en suma, una atmósfera plácida de simpatía y concordia.
El bullicio circundante contrasta con el interior de Enrique. En aquella lejanía se extienden campos de soledad y vacío. El único lugar que lo espera a su regreso es la casa que ha quedado vacía tras la ruptura con Carla; como antes pasó con Julia, y antes con Sofía. Ni siquiera tiene una pecera que quedarse mirando, o con la que hablar solo; nadie próximo a quien comprar regalos. No con ese grado de confianza. Sólo un piso sin decorar, como tampoco lo están las puertas de los vecinos de su rellano. La Navidad no quiere acercarse a él, por lo visto, así que tiene que salir a buscarla en las calles.
Se alegra de empaparse de ese ambiente. Desea absorber la luz como si fueran gotas de un áureo rocío que permearan su alma fría y cansada y la calmaran, la reconfortaran en alguna medida. No es tan egoísta como para no hallar una satisfacción ‒qué mal poeta sería‒ al ver la felicidad de otros, aunque no participe de ella; o quizá, precisamente, porque no participa de ella.
En lo profesional tampoco le va muy bien. Apenas vende unos pocos poemarios ‒tiene la sensación de que su mejor tiempo en la poesía ya pasó, y ni siquiera ése fue muy bueno‒, la revista que edita es un fracaso y la están dejando todos los colaboradores, y además este año no lo han llamado de la universidad privada donde lo contrataban como ayudante para dar unas lecciones de literatura contemporánea, lo cual, pese a lo exiguo del sueldo, le permitía cuadrar un poco las cuentas a final de mes.
Por más que me empeñe en seguir adelante, tengo que reconocer mi fracaso; no he conseguido nada de lo que aspiraba a lograr, y para ello he renunciado a mis mejores años. Tanto tiempo corriendo para seguir parado en el mismo sitio… No hago sino mantenerme a flote, y hasta eso me cuesta cada vez más. Tanto en lo personal como en mi oficio todas las puertas se me han ido cerrando… son posibilidades que ya no se repetirán. Cuando era joven parecía que estarían siempre ahí, pero son como leña que se va consumiendo para mantener un fuego que cada vez brilla menos; en el horizonte sólo atisbo más soledad y más fracaso… Y casi lo peor de todo es que mi lento desmoronamiento vital y artístico ni siquiera alcanza a ser trágico; tan sólo es una pantomima mediocre que se alarga demasiado. Un fracaso aburrido y silencioso, sin épica alguna que al menos me sirva de consuelo.
Mientras pasea, Enrique compone mentalmente un poema sobre todas estas impresiones, intentando centrarse en lo que tiene alrededor, en la Navidad; el mosaico de luz y color, la paleta de tonos emocionales que lo rodean, la música y el hirviente bullicio de gente, son estímulos para la creación artística. Desde luego, lo son más que quedarse en casa, delante del mudo papel, devanándose inútilmente el cerebro en busca de palabras. Tiene ya la estructura y unos cuantos versos iniciales, aparte de un estribillo que le parece bastante musical.
Prosigue su errático caminar por un barro residencial de clase media-alta, más tranquilo, de edificios de elegantes portales y tres o cuatro plantas, separados por calles arboladas. Luces cálidas brillan en las ventanas; por algunas de ellas, desde la acera de enfrente, Enrique ve envidiables escenas familiares, los árboles de Navidad y la decoración en el interior, las luces y guirnaldas en los balcones. No puede apartar la mirada, e incluso se vuelve a veces mientras sigue andando, atraído por las sensaciones de recogimiento, de hospitalidad y compañía, de formar parte de algo, que le transmiten aquellas imágenes y que su vida no tiene. Pues lo que él tiene es un piso alquilado sin otra compañía que una planta, comida calentada en el microondas y un buzón lleno de facturas. Ni siquiera un perro que lo reciba moviendo el rabo. La Navidad es algo que los demás ven desde dentro y él desde fuera. Sin embargo, no se queja, le gusta, es su época preferida del año.
Porque yo no tenga todo eso, no voy a querer que dejen de tenerlo los demás. No me molesta ver cómo otros viven estas fechas con esa alegría que a mí me ha sido negada, o que yo no he sabido conseguir. Algo de la suya se me pega, se contagia a través de los ojos y los oídos. Por eso permanezco muy atento a lo que me rodea; quiero empaparme de este clima emocional.
Llega a la glorieta de Bilbao. El Café Comercial está lleno hasta la bandera; algún grupo muy numeroso, quizá de amigos, o una peña, o tal vez compañeros de trabajo tras una comida de empresa, festeja allí, y el jolgorio se extiende hasta la calle; unos cuantos conversan y fuman animadamente frente a la entrada, con gorritos de papá Noel y collares de espumillón. De nuevo, tras la quietud de la zona residencial, Enrique se halla envuelto en el tráfico y el ajetreo de una encrucijada urbana donde el comercio, a esas horas, todavía no decae. La gente va y viene con bolsas de compra de todos los colores, entra y sale de las tiendas como la sístole y la diástole de la ciudad, o espera en las paradas de autobús a que la muevan por sus arterias como glóbulos arco iris de su inmenso sistema circulatorio. Los villancicos, las canciones modernas típicas de la Navidad y el sonido de campanillas que sale de las puertas abiertas de los establecimientos compiten con el ruido de los cláxones de los coches y anticipan los brindis venideros; seguramente unos cuantos conductores ya llevan alguno entre pecho y espalda.
Un poco más abajo, de camino a Tribunal, pasa por delante de una gran cervecería en cuya puerta un nutrido montón de personas celebra y canta con las bebidas en la mano, confiando en que la policía hará la vista gorda. Por todas partes hay prisas, furor consumista y ganas de compartir la alegría y disfrutar de la fiesta. Enrique ‒piensa‒ se alejó de todo eso hace años, largos años ya; se apartó del Ruido (la vida en común) para consagrarse a su obra, a la poesía que lo devoraba desde dentro, que exigía plena dedicación para germinar desde las raíces del alma, para salir de esas profundidades nocturnas y alcanzar la luz del día. Pero ahora no tiene ni una cosa ni la otra; renunció a una faceta de la vida en favor de la otra, y ha fracasado en ambas. Porque su obra está ahí, pero es como si no estuviera. Algún día desaparecerá con él, y nadie se habrá enterado de su existencia.
No obstante, mientras está entregado a estas reflexiones alcanza un inesperado instante de comunión, como un fogonazo en su conciencia, un goce en la contemplación de las celebraciones ajenas. Se siente como cualquiera de sus partícipes, aunque él esté fuera de las mismas. Son, sin más, y es bueno que así sea. Éstas son fechas de conmemoración, y lo que se recuerda en ellas, que no es en realidad un hecho histórico en sí, sino el propio pasado común de la humanidad, es patrimonio de todos; cada cual forma parte de él y se puede sentir igualmente arrastrado por su vorágine, por la detención del tiempo que propicia.
Y toma una decisión mientras sigue caminando, siempre sin detenerse, siempre pasando de largo. Cogerá un tren al día siguiente y visitará a su familia, en el norte, en la vieja Castilla; la familia a la que hace tanto tiempo que no ve, la tierra que hace tanto tiempo que no pisa. Yo, el hijo descarriado, el maldito, el eternamente distante. Hasta de la vida misma, de la vida normal y compartida, me he desterrado, y ahora para mí todo son huellas, vacíos, ausencias. Pero hay momentos para evocar, para revivir la unidad y la pertenencia, por más rota que de ordinario esté.
Por D+D Puche Díaz
Literatura | 23-12-25
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