La repetición tediosa de los días,
cuando esperas algo que no llega,
y habías apostado toda tu vida a ello,
y nadie lo sabe ni se acuerda de ti.
¿Puede llamarse a esto vida?
¿Existes, acaso? Puede que no,
porque existimos en los demás,
y ése es el problema:
que has expuesto tus tripas al mundo,
pero su indiferencia es absoluta y su silencio terrible.
Si no lo hubieras hecho, serías un cualquiera;
pero el precio del fracaso es que ahora
eres menos que eso: no eres nadie. No eres nada.
Y todo se repite en el agónico ciclo del trabajo baldío,
del esfuerzo que a nadie importa lo más mínimo,
de los años que pasan y las esperanzas que se apagan
como luces de un bar de carretera. Una vida eclipsada;
una cuesta arriba cada vez más pronunciada,
yerma y abandonada ‒y vas cobrando consciencia
de que no tiene final‒; una carrera a ninguna parte,
de la que olvidaste cuál era la meta,
en las que corres solo
y ningún cartel señala ya el trazado.
Entretanto, los demás viven.
Vidas anodinas, sin ambición ni trascendencia,
o con ambiciones propias de plebeyos.
Pero viven, mientras los miras,
y te das cuenta de que esa vida absurda,
sin propósito elevado, es toda la vida que hay,
y que la inútil y vana es la tuya.
Por haber querido ser inmortal, no eres ni una sombra
en este mundo. Ni ésta de ti quedará.
Para eso la lucha denodada contra la materia bruta,
de la que extrajiste formas superiores;
para eso la salud quebrada,
los años vacíos que prometían éxitos inminentes;
las manos que soltaste y dejaste ir,
porque tu destino exigía la máxima renuncia,
que es la renuncia a una vida normal.
La renuncia a la dicha común, la de todos...
¿Ha merecido la pena? ¿Pudiste malgastar así tantos años?
La envidia corrosiva, los litros de hiel tragados,
la enfermedad del cuerpo y el alma,
la angustia por el resultado siempre demorado;
haber abandonado a los seres queridos,
haber perdido a los amigos
‒qué mala pareja y amigo fuiste, qué miserable‒,
haber sido tan cabrón, egoísta, soberbio;
haber sido tan mal hijo
y no haber tenido otros que los imaginarios,
no ver crecer a los tuyos, como los demás,
que sin duda han sabido vivir mejor que tú...
Claro que ha merecido la pena.
Aunque toda la felicidad que dejaste pasar,
toda la vida malograda; esa vida tan simple y vulgar
que sin embargo no supiste tener, como cualquier otro,
lo que te convierte en un ciego y un estúpido...
Pero sí, valió la pena.
Y no por el dinero, por los lujos y alabanzas
ganados a costa del pasado sacrificado,
pagados con la sangre y el espíritu mismo;
sino por el triunfo, el único oro real;
por haber alcanzado la cumbre
donde el aire es tenue, casi irrespirable,
y poder mirar el mundo y la época desde lo alto, con desdén;
para que el nombre perdure cuando la carne se haya podrido
y los recuerdos sean humo y los que nos conocieron
sean polvo y no tengan corazón en que llevarnos.
Porque la única existencia que cuenta
es la que vence a la caducidad del tiempo;
pues llegará el día en que estemos muertos
y sólo una cosa habrá importado.
D+D PUCHE DÍAZ son los hermanos David y Daniel Puche Díaz. DAVID (Madrid, 1979) es doctor en Filosofía por la UCM y profesor de dicha materia en la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Mérida (EASDM), profesión que combina con la literatura. DANIEL (Madrid, 1983) es licenciado en Filosofía y en Teoría de la Literatura por la misma universidad, y se dedica en exclusiva a tareas literarias y editoriales. Juntos han publicado varias novelas, entre las que destacan las series de fantasía contemporánea y terror Balada de los caídos o Jenkins & Sinclair. Investigadores de lo sobrenatural; también colecciones de relatos como El Evangelio digital o El Onirium. Asimismo cultivan la filosofía y el ensayo, géneros en los que han publicado títulos como Cristianismo sin Dios, Vivir en el desarraigo o Topología del mundo.
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Por D+D Puche Díaz
Literatura | 15-5-26
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