METAFÍSICA Y ONTOLOGÍA
o Del mundo a la realidad
La filosofía, en lo esencial, es metafísica, y es precisamente al renunciar a serlo cuando languidece y deja de estar clara su razón de ser, para convertirse en un discurso supuestamente especializado (“filosofía de”) en ciertas áreas del saber (“filosofía de la ciencia”, “del lenguaje”, “de la mente”, etc.). Pero, bien entendida, nunca constituye semejante discurso centrado en un saber particular, sino que es la más amplia e integradora de las teorías: versa sobre el mundo en cuanto tal, esto es, el ámbito del sentido de la existencia, y con él, de los fines de ésta. En esta medida, remite a lo que la tradición ha entendido siempre como sabiduría, que, si bien guarda una evidente conexión con el conocimiento, no es sin más lo mismo. Sea como sea, es crucial evitar el malentendido que pesa sobre el término “metafísica”, según el cual ésta se refiere per se a lo que está “más allá de este mundo”, a lo “supramundano”; semejante “objeto” ‒la región de lo trascendente, de lo divino‒, en todo caso, sería el propio de la teología, y si la filosofía (como metafísica) lo ha asumido como propio en tantas ocasiones, ha sido en cuanto algo que forma parte del mundo y del sentido que éste despliega para nosotros, pero no como el “conocimiento” objetivo de eso supramundano en que se mezclan ‒y a esta confusión ha contribuido, desde luego, la propia filosofía‒ con extrema facilidad dos cosas totalmente distintas: lo ideal, por un lado, y lo simbólico, por otro.
Mientras tanto, la ontología ‒una rama más específica de la filosofía‒ es la teoría acerca de la realidad, o sea, del ámbito de la verdad, y por ello, de los medios posibles para la realización de cualquier fin en el mundo. Por eso remite a las ciencias, sin las cuales no tendría consistencia alguna. Esto debe quedar bien claro: el mundo no es lo mismo que la realidad. Entendámoslo así: toda reflexión humana surge en un determinado marco histórico y cultural que orienta sus intereses y preocupaciones, visibilizando unas cuestiones e invisibilizando otras, y al cual es extremadamente difícil sustraerse; pero, cuando se supera el propio marco cultural particular en dirección a sus condiciones de universalidad (esto es, de la posible compatibilidad de sus verdades y valores con los de otros marcos culturales), estamos hablando del concepto de “mundo”, respecto del cual podemos plantearnos preguntas acerca de las metas vitales perseguidas; si, en cambio, superamos el propio marco cultural en dirección a la naturaleza tal y como ésta es con independencia del mismo (desde una perspectiva, eso sí, puramente empírica), entonces estamos hablando del concepto de “realidad”, en el cual no encontramos meta alguna, pero sí el conocimiento necesario para hacer éstas realizables. El mundo ‒y, por tanto, la metafísica‒ abarca tanto el ámbito de lo material como el de lo ideal y lo simbólico, pilares que lo sostienen; en cambio, la realidad consta únicamente de lo material (“naturaleza”), y por ello la ontología ha de abstenerse de otras consideraciones.
Dicho esto, una filosofía puede considerar que el mundo es un concepto más extenso que el de realidad y, por tanto, que incluye ésta en sí; o lo que es igual, que el ámbito de lo significativo para el ser humano es entitativamente anterior (y “abre”) al de la cruda materialidad, la cual o no existe al margen de aquél o, en todo caso, sólo es lo que es en función de las formas a que aquél la somete (y por ello, según dicha filosofía, la metafísica engloba a la ontología). O puede considerar, por el contrario, que es la realidad la que incluye dentro de sí al mundo, es decir, que lo material es lo originario y, como tal, anterior y totalmente independiente del ser humano y su comprensión de las cosas, la cual siempre ha de plegarse a aquello (y esto supone que la metafísica está supeditada a la ontología y, de hecho, consiste en una región dentro de ésta, la correspondiente a los “fenómenos humanos”). Pues bien, cuando el concepto de mundo contiene al de realidad, estamos ante una filosofía idealista; cuando ocurre al contrario, ante una filosofía realista. Esta forma de entender su relación es más importante que la típica oposición entre el sujeto y el objeto, que ciertamente se deriva de ella para atenerse a dos elementos particulares en vez de a los marcos en que éstos encuentran su lugar y atribuciones. Y, con arreglo a una opción u otra, se modifican el estatus y la correspondencia entre ambas disciplinas, de tal manera que hablamos de “metafísica general” o “metafísica especial”, de “ciencia primera del ente” o “ciencia del ente primero”, etc., etc.
Ahora bien, aclaremos un punto fundamental: el problema de qué sea lo real ‒que, cuando no es el más importante en sí mismo, es al menos, como decía, uno de los pilares que sostienen el concepto de mundo‒ lleva necesariamente al de la materia; qué sea o no real no es un mero problema gnoseológico, sino que atañe a la entidad de los objetos y al modo en que éstos se interrelacionan y afectan a cualquier otro aspecto de la existencia. La materia sostiene y limita la realidad; ésta consiste, de hecho, en la materia y las relaciones entre elementos materiales (además de unas relaciones ideales que, en ningún caso, suponen que haya algo inmaterial existente). Más que de “materia”, de todos modos, sería mejor hablar de “materialidad”, expresión que abarca tanto la materia y la energía como el propio espacio-tiempo que las contiene (todos ellos magnitudes físicas perfectamente observables y medibles). Y dicha materialidad se despliega en crecientes niveles de organización y complejidad, que van desde la escala cuántica hasta los fenómenos psico-culturales que conforman el mundo ‒esto desde el punto de vista de nuestra comprensión del universo‒, pasando por niveles físico-relativistas, físico-químicos, bio-químicos, etc.; por lo que me refiero al estudio sistémico de los mismos (o método que sigo) como “topológico”, según el cual la materia con un nivel de organización interna n es siempre sustrato y límite (o sea, “condición de posibilidad”, que no “causa”) de la que encontramos en cualquier nivel de organización n+x, aunque las características específicas de éstos no son deducibles de los anteriores. Este método tiene como correlato, por tanto, una ontología que llamo “monismo asimétrico”, centrada en un concepto de “materia” en general, sustrato último o sustancia de todo proceso real, que va concretándose en progresivas regiones entitativas según su grado de estructuración interna y las nuevas relaciones a las que ésta da lugar. Este devenir autoorganizativo de complejidad creciente ‒por el cual unos niveles influyen en los posteriores, pero no a la inversa‒, que suele entenderse como emergentismo, es lo que en términos monistas asimétricos denomino también “materialismo de flujos” o “topología dinámica”, conjugando nociones de la ontología tradicional con la teoría informacional y cibernética.
Lee la segunda y última parte en unos días
Por D+D Puche Díaz
Filosofía | 17-1-26
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