El destierro interior (I)




No mandamos en nuestra propia

mente ni en nuestra propia vida

EL DESTIERRO INTERIOR (I)

Un relato de enajenación y fracaso

 

 


   A Miguel Ángel le gustaba salir con los chicos, con la antigua pandilla del barrio, pero luego, cuando estaba con ellos, nunca terminaba de sentirse como antes, como en casa; y notaba claramente que algo se había roto, que ellos, con su mejor fe, le daban un toque y le decían Eh, Miguel Ángel, qué es de tu vida, tío, vente esta tarde a dar una vuelta, ¿no?, pero que lo decían más que nada por cumplir, para sentirse bien. Él estaba un poco de más, y no sabía hasta qué punto incluso les cortaba el rollo y era una molestia. ¿Estarían haciendo lo mismo de no estar él presente? ¿Dirían esas mismas palabras, u otras distintas? ¿No estarían, entonces, seguramente hablando de él?

   Es verdad que estaba algo torpe, siempre un poco somnoliento, y quizá no era el que más aportaba a la diversión del grupo. Ellos procuraban no preguntarle por el hospital, no mucho, al menos; era como un tema prohibido y se notaba que los incomodaba. A él tampoco le apetecía hablar de aquellos meses tan malos, que en su mente se confundían; le costaba ordenar algunos recuerdos, saber qué fue antes y qué después; y tenía muchas lagunas, recuerdos como islotes aislados en los mares de la memoria, unos islotes a los que no sabía cómo había llegado ni cómo se fue de ellos; y lo peor de todo, había recuerdos que ni siquiera sabía si habían sucedido, si eran reales. Las partes más oscuras de aquella prolongada experiencia, la noche en pleno día que era como estar atrapado en algo negro y pegajoso y frío de lo que quería escapar, pero era inútil, y cuanto más lo intentaba, más lo apretaba contra sí, lo vigilaba con sus ojos furiosos y sus oídos infalibles y le decía que nunca lo dejaría, que siempre estaría con él, que era él, y que él no lo era. Ya no. Pero intentaba sacarse aquellas imágenes de la cabeza, aquella temporada en el hospital, porque ya había visto la luz, había regresado a tierra firme; la mediación y la terapia le habían venido muy bien y ya era él mismo otra vez ‒¿lo era, sin embargo?; ¿lo era del todo?; ¿era sólo él quien había regresado de ese viaje a la oscuridad?‒. Ahora estaba de nuevo en el barrio, con su familia y con su pandilla de toda la vida, y se sentía bien. Casi del todo, casi siempre. Bueno, un poco, a veces. Algo así… Aunque en ocasiones decía alguna cosa rara, porque sus pensamientos acudían desordenados, como pájaros en desbandada; o quizá a él le parecía perfectamente lógico lo que decía, pero los demás no eran capaces de seguirle, porque no veían eso que él sí, tan claramente… O, a lo mejor, es que les resultaba inconveniente, incómodo, lo que acababa de contar… Él sabía, pese a todo, que eran buena gente, y se sentía a gusto con ellos. Pero, a lo mejor, ellos no se sentían a gusto con él; no estaba seguro. Nunca podía estar seguro de nada.

   En casa había bastante más tensión. Se levantaba muy tarde, porque siempre tenía mucho sueño a causa de las pastillas; todavía no se había hecho al tratamiento. Es cierto que le hacía efecto, pero tenía muchas contraindicaciones. Apenas le era posible pensar; no tenía capacidad de concentración alguna, como si tuviera la cabeza llena de niebla oscura; y su memoria le fallaba mucho, le costaba traer recuerdos a la conciencia, y a veces se quedaba parado intentando evocar una determinada imagen o palabra. Se acostaba muy tarde, porque le daba miedo meterse en la cama y no pegar ojo, pues entonces la ansiedad le impedía dormir; y ese círculo vicioso de la ansiedad era lo que, de hecho, lo mantenía en vilo. Así que se pasaba mucho rato, hasta que los tranquilizantes que tomaba le hacían efecto, mirando el móvil en la cama. Por las mañanas se sentía como un trapo, apenas se tenía en pie; y como no podía concentrarse en nada, motivo por el cual no había retomado los estudios desde que tuvo el brote psicótico un año antes, se pasaba las mañanas jugando a la videoconsola. Su abuelo, que era quien se pasaba las mañanas con él en casa, echándole un ojo en todo momento, era el más permisivo y no quería agobiarlo; tampoco su madre y su hermana, claro, pero cuando llegaban de sus respectivos trabajos ‒la primera a media tarde, cuando regresaba del restaurante donde cocinaba, y la segunda por la noche, tras una eterna jornada en una tienda de telefonía móvil‒, exhaustas e irritables, y se lo encontraban tirado en el sofá viendo la tele, o chateando con los amigos, le decían que la salud era lo primero y que tenía que recuperarse, sí, pero que quizá ésa no era la mejor forma, y que tendría que empezar a pensar qué hacer con su vida y buscarse algún trabajo, si es que no iba a terminar el grado superior de Automoción, o cualquier otro, porque en casa eran cuatro y apenas llegaban a fin de mes. Y él les decía que lo dejaran en paz, que no entendían lo mal que estaba; de qué voy a trabajar yo, de qué, si no valgo para nada, dónde me van a coger a mí, y se iba a su habitación pegando un portazo, y se tiraba horas con el móvil, intentando no pensar cómo se ganaría la vida, y demorando el terrible momento de meterse en la cama a dormir. Se sentía un inútil, y el miedo y la culpa lo anegaban.

   A Miguel Ángel siempre le había gustado Esther, una de las chicas del grupo de amigos del barrio. Antes de que él se metiera en la formación profesional, una salida bastante habitual allí en San Blas, habían coincidido en la ESO; luego ella siguió estudiando un grado de Trabajo Social en la universidad. Eso los había alejado, porque ella ahora se movía con otra gente de fuera del barrio; pero alguna vez, muy de cuando en cuando, ella se dejaba caer un fin de semana por allí, con su antigua pandilla, y como ahora Miguel Ángel tenía mucho tiempo libre, en esas ocasiones coincidían y él se sentía mucho mejor que habitualmente. Uno de esos afortunados días, Esther se hallaba llamativamente preocupada, como ausente, y apenas intervenía en las conversaciones y las risas, cuando normalmente era una de las que más contribuían a ellas. Interrogada por los demás, y tras unas cuantas copas, finalmente se sinceró y les contó lo que la tenía tan abstraída: había estado saliendo con un chico al que conoció una noche, cuando iba con los de la universidad, en un bar de Ciudad Lineal. La historia era tan típica que casi le daba vergüenza contarla, lo cual no fue un impedimento porque a esas alturas Esther ya llevaba tres cubatas entre pecho y espalda; la confesión se hizo casi inevitable.

   El chico era muy simpático, de un carácter arrollador, y estaba muy bueno y era muy lanzado. Conectaron desde el primer momento, se enrollaron y empezaron a salir. Estuvieron así una temporadita, unos cuatro meses, en los que ella cada vez lo veía más a él y menos a los de la uni, con los que últimamente se relacionaba en la facultad, pero casi nunca fuera de ella. Le iba tan bien con el chico, con Xavi, que habían hecho unas cuantas escapaditas de fin de semana juntos por ahí, a Denia y Almuñécar y sitios así, y ella hasta tenía su cajón de la ropa en el piso de él, que era monitor de fitness en un gimnasio y tenía su propio apartamento en la zona de Pueblo Nuevo. Allí se lo pasaron en grande aquellos meses; era un chico decidido y encantador, salían mucho con sus amigos, y todo iba viento en popa. Pero el caso es que la cosa se torció rápidamente, porque ella descubrió que era un gilipollas: últimamente se estaba poniendo dominante, muy celoso; en cuanto la veía hablar con otro tío, le preguntaba de qué habían hablado, y le había querido mirar el móvil, y cosas así que ella no iba a tolerar, desde luego. Y, a la vez, él cada vez tonteaba más con otras, como si las conductas que quería impedirle a ella le parecieran muy bien si las protagonizaba él mismo. Un auténtico mamón, evidentemente. Así que puerta.

   Esto ‒que Miguel Ángel escuchó con secreto pesar, aunque disfrutó bastante más con el final del relato‒ se lo contaba porque eran sus amigos de toda la vida, aunque era verdad que ella había estado un poco ausente; pero con la gente de la uni no llegaba a tener tanta confianza y temía que no la entendieran. Eran de otro rollo, contó Esther; a veces veían las cosas muy fáciles, todo blanco o negro, desde sus planteamientos del mundo. Y aunque no quedó del todo claro qué quería decir con eso, sus amigos ‒sin darle mucha importancia, pues al fin y al cabo estaba bebida, y les estaba haciendo una confesión, y se alegraban de tenerla de vuelta, como parecía ser el caso‒ le dieron toda la razón y su apoyo. Dieron por hecho que su historia terminaba ahí, y estaba bien así.

   Esa noche, cuando el grupo se fue deshaciendo paulatinamente al volver a casa e ir quedándose cada cual en su respectiva calle, ocurrió que Miguel Ángel y Esther fueron los últimos que iban en la misma dirección. Tere, otra de las chicas, normalmente hubiera ido hasta la misma calle de Esther, pero los dejó antes porque había quedado con su novio, que salía de trabajar de un bar a la una y media; de modo que Miguel Ángel, muy a su gusto, se ofreció a acompañar a su amiga hasta su casa, que era la más alejada. Ella iba bastante bebida, pues tenía ganas de cogérsela fuerte y desahogarse. Él, en cambio, iba perfectamente sobrio: sólo bebía refrescos, porque su enfermedad y el tratamiento le impedían beber alcohol o consumir cualquier otra droga; así que había tenido que olvidarse de los pequeños placeres, como algún porro ocasional los fines de semana o las copas que los demás sí habían tomado. Eso, no obstante, lo convertía en el perfecto acompañante sereno al que los ebrios gustan de soltarle confesiones de última hora. A modo de sacerdotes de la fiesta, parecen figuras dignas y respetables que pueden concederte el perdón por tus faltas




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Por D+D Puche Díaz

Literatura | 1-2-24


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