El destierro interior (II)




No mandamos en nuestra propia

mente ni en nuestra propia vida

EL DESTIERRO INTERIOR (II)

Un relato de enajenación y fracaso

[Lee la primera parte]

 

 


   Esther lo cogió del brazo y apoyó la cabeza sobre su hombro.

   ‒Me alegro mucho de que estés mejor, Miguel. Te veo bastante bien ahora. Quería haberte llamado algún día para preguntarte, cuando volviste, pero ya sabes… Entre unas cosas y otras, lo vas dejando todo…

   ‒Ya, bueno… no te preocupes. Estoy mejor, sí; mucho mejor ‒ciertamente, en ese momento lo estaba‒. Yo también me alegro de que hayas resuelto lo de ese tío, si te trataba tan mal. Menudo gilipollas.

   ‒Sí, en fin… ‒suspiró‒. Aunque resuelto, lo que se dice resuelto…

   ‒¿Qué pasa? ¿No has cortado con él?

   ‒Sí, sí. Lo he hecho.

   ‒¿Entonces?

   ‒No, nada.

   ‒Pero ¿es que todavía te gusta?

   ‒No, no es eso.

   ‒¿Pues qué es?

   ‒Nada, déjalo.

   ‒Vale, como quieras…

   Hubo una pausa. Al cabo de un momento, se cruzaron con un yonqui que caminaba tan desmañado y ausente como un zombi. Les dijo algo ininteligible al pasar; no les quedó claro si les estaba pidiendo o si les insultaba, pero ellos lo ignoraron y siguieron su camino, apretando un poco el paso. Esther se aferró más fuerte al brazo de Miguel Ángel. Lo cierto es que lo entorpecía un poco al andar, pero eso a él no le molestaba en absoluto.

   ‒Hostias, tío, menos mal que me has acompañado. Me pilla ése sola y me cago encima.

   ‒Bah, ése no hace nada. Lo he visto por ahí otras veces. Va siempre pidiendo para un chute, pero no mata una mosca.

   ‒Ya, bueno, pero yo me cago encima si me lo encuentro. Contigo me siento más segura.

   ‒Bah…

   ‒Ojalá pudiera sentirme así con el Xavi, tío.

   ‒¿A qué te refieres? ¿Qué pasa con él?

   ‒No, bueno, da igual…

   ‒¿Qué coño va a dar igual? ¿Qué te pasa, tía? Cuéntamelo, ¿no? ¿No somos amigos?

   ‒Sí, claro que sí.

   ‒Pues dime lo que te preocupa.

   ‒Es que… a ver… las cosas no son tan fáciles como parece.

   ‒¿Por qué no?

   ‒Porque no. Porque no es te dejo y punto. No se acaba así, sin más.

   ‒No veo por qué no. Si lo has dejado, lo has dejado, ¿no? ¿O es que todavía significa algo para ti?

   ‒No, qué va. Es un gilipollas y no quiero saber nada más de él; he abierto los ojos, ¿sabes? Lo que pasa es que yo lo he dejado, pero él a mí no. No quiere aceptarlo.

   ‒¿Cómo que no? Eso no lo has contado antes.

   ‒No, es que no lo he contado todo… La historia es más larga. Pero es que no estaba para contarla, ¿sabes?

   ‒Joder, ¿y qué más hay?

   Miguel Ángel estaba preocupado sinceramente por ella, a la vez que ilusionado porque le contara a él lo que no había contado al grupo; en ese momento se sentía importante.

   ‒Que no me deja en paz. Me da un poco de miedo.

   ‒¿Te acosa?

   ‒Algo así…

   ‒¿Qué hace ese cabrón?

   ‒Me manda mensajes. Mira.

   Le soltó el brazo y sacó el móvil del bolso mientras seguían andando, ella aún torpemente, como el leve gangueo que había en su voz debido al alcohol. Se metió en el chat que tenía con su exnovio y se lo enseñó. Miguel Ángel pasó la conversación hacia abajo para ver los últimos días, y vio multitud de mensajes intimidatorios, que iban a peor a medida que el ex constataba que la ruptura era irreversible. Le decía que a él no lo dejaba, así como así, sin mayores explicaciones, una cualquiera como ella. Que se lo pensara mejor, porque se iba a arrepentir. Que le daba su última oportunidad, aunque se estuviera comportando como una zorra. Que iba a quemar las cosas que había dejado en el cajón. Que era una puta y se iba a enterar. Que a él no lo ignoraba una perra, y que le iba a dar lo suyo.

   ‒Es que no he dicho nada de esto porque me hace sentir tan estúpida… Y sé que los demás, sobre todo Tere y María, me van a decir que lo denuncie, pero no me quiero meter en ese jardín… A ver si a este imbécil se le pasa ya de una puta vez el berrinche y me deja en paz… Me dan igual esas cuatro cosas de las que habla, no merecen la pena. Son unas mudas de ropa y poco más. En fin…, tú me vas a guardar el secreto, ¿verdad? No se lo cuentes a nadie. Te he dicho todo esto en confianza.

   ‒Claro que sí, no te preocupes. Y si hay cualquier cosa que yo pueda hacer por ti… Pues ya sabes.

   ‒Lo sé ‒le sonrió.

   Tras una pausa de unos segundos, Miguel Ángel dijo:

   ‒Oye, creo que no deberías dejar que se quedara con tus cosas. Son tuyas, joder.

   ‒¡Uf! Creo que voy a tener que darlas por perdidas, porque me da miedo ir sola; pero ya te digo, no quiero contarle esto a nadie. Es que, ¿sabes?, qué tonta me siento, qué ciega he sido…

   ‒Bueno, yo soy alguien.

   ‒No, sí, claro, entiéndeme…

   ‒¿Quieres que te acompañe a su casa para ir a recogerlas?

   ‒¿Tú harías eso? ‒una sonrisa todavía mayor, pero esta vez agridulce, desdibujada por la ebriedad.

   ‒Pues claro. Somos amigos, haría lo que fuera por ti.

   ‒Sí, lo sé… pero no, déjalo, prefiero darlas por perdidas que volver allí. Es que no quiero verlo más, no merece la pena. No había nada de valor. Cualquier cosa antes que volver a pisar la maldita calle Tudela. A ver si consigo borrarla de mi memoria.

   ‒Lo digo muy en serio. Son tus cosas, no tienes por qué darlas por perdidas. Y a mí ese tío no me da ningún miedo.

   Esther lo miró fijamente, con los ojos vidriosos.

   ‒Eres un sol, Miguel. Con un tío legal, como tú, tendría yo que estar ‒sonrió de nuevo‒. Anda, que si tú pudieras solucionar esto…

   Miguel Ángel no entendió bien estas palabras, que en los días sucesivos devoraron su mente como el fuego devora el pasto seco. Asumió la inoportuna y mal calculada ternura de Esther de forma literal y, de repente, vio una oportunidad con la chica que siempre había deseado en silencio. Eso hizo bullir su imaginación hasta el punto de amenazar los frágiles muros que la separaban de regiones más peligrosas y oscuras de su mente. Toda una historia empezó a escribirse sola, una historia en la que él era el protagonista, Esther era el premio final por sus sufrimientos ‒la recompensa que la vida le prometía a cambio de pasar una última prueba‒, y ese tal Xavi, su ex, era el antagonista al que tenía que enfrentarse para merecerla. Se vio como el caballero andante que tiene una hazaña que realizar para conseguir a la princesa; él, recién regresado de su destierro, y habiendo tenido que renunciar a la vida tal y como la había conocido hasta entonces. Bastaba con recuperar las cosas de Esther, y conseguir que su ex la dejara en paz de una vez, y ella, agradecida, cumpliría su promesa. Todo le cuadró, con esa coherencia que sólo encuentran entre hechos inconexos los que han puesto un pie más allá de lo real, capaces de construir una trama a partir de los materiales más deslavazados.

   Miguel Ángel no era un chico de especiales luces, pero una motivación suficiente espolea el ingenio como ninguna otra cosa. Recordaba cada palabra que había dicho Esther esa noche mágica en que lo cogió del brazo y apoyó la cabeza contra su hombro, porque esas palabras eran sagradas para él. Y con ellas podría dar con el mamarracho de su ex. Daría con él, cumpliría la tarea que ella le había encomendado, y un buen día la sorprendería diciéndole Mira, aquí tienes lo que es tuyo; no, no ha sido nada: coser y cantar. Así que, con desconocida diligencia, buscó en internet a un Xavi que fuera monitor de fitness en algún gimnasio de Ciudad Lineal o de Pueblo Nuevo, que eran las únicas referencias que tenía. Y no tardó mucho en encontrar a un Xavi Soler, monitor de fitness y zumba y personal trainer, que trabajaba en el Health Up Gym de Ciudad Lineal. Y, teniendo ese nombre, se plantó en la calle Tudela, donde, haciéndose pasar por un cartero comercial, fue llamando a todos los porteros automáticos y entrando en todos los portales y mirando los buzones. Afortunadamente, la calle no era muy larga, y en poco más de una hora lo encontró: el tercero derecha del número 21. Allí vivía ese hijoputa.

   Pero, de momento, se largó. No sabía muy bien qué hacer y, además, pensó, estaba en horario laboral; seguramente el Xavi no estaría en casa. Tenía que pensar mejor lo que le diría; necesitaba sentirse preparado para cuando llegara el momento. Ya volvería a otras horas, cuando fuera más probable encontrarlo en casa y tuviera un plan más definido. De modo que regresó a la suya y allí estuvo, con el abuelo dando vueltas a su alrededor y haciéndole preguntas sobre toda clase de tonterías, un par de días, echando partidas a la consola mientras cavilaba. De todos modos, al día siguiente regresó a la calle Tudela, donde no podía ser reconocido por nadie, y se paseó por ella arriba y abajo varias veces, reconociendo el territorio, fijándose muy bien en todo. Se encontró a sí mismo nervioso, dudando de si podría hacerlo. Recordó a una de las doctoras del hospital, una psiquiatra, diciéndole que evitara las situaciones de conflicto, que a él le venían muy mal para su enfermedad. Podrían llevarle de nuevo a episodios de disociación, para huir de las mismas. Empezó a alterarse un poco, a sentir que lo anegaba una marea de inseguridad y ansiedad, y se volvió inmediatamente a casa.

   Una vez allí se tomó una dosis extra de sus pastillas y se refugió en la consola hasta que llegaron del trabajo su madre y su hermana, y cenaron. Entonces, más de lo mismo: reproches, todo es insuficiente, no lo estás haciendo bien, no eres lo bastante bueno. En casa sólo querían hacer que se sintiera mal, que se sintiera inferior, para así tenerlo dominado. Pero él ya había descubierto el camino de su liberación, y lo maduraba en su cabeza mientras las escuchaba. Y la rabia que le provocaron con sus críticas injustas le dio el empujón que necesitaba para acometer su tarea, la que Esther había puesto en sus manos cuando, con los ojos llorosos, depositando toda su confianza en él con el corazón abierto de par en par, le insinuó que lo quería y le pidió que fuera a casa de su ex para recuperar sus cosas y para ponerlo en su sitio; para demostrarle a ella que sus sentimientos eran correspondidos




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Por D+D Puche Díaz

Literatura | 11-4-24


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