METAFÍSICA Y ONTOLOGÍA (2)
o Del mundo a la realidad
De modo que, cuando digo que una de las dos direcciones filosóficas es que el concepto de realidad englobe al de mundo, en lugar de decir que estamos ante una filosofía “realista” sería más adecuado decir que se trata de una filosofía “materialista”. Y, por lo tanto, el dilema teórico no es el que hay entre idealismo y realismo, sino entre idealismo y materialismo. La cuestión, en suma, es la siguiente: la metafísica o teoría del mundo ha de poner éste en conceptos, en su triple aspecto subjetivo (simbólico), transjetivo (ideal) y objetivo (material); su tarea es sintetizar en una unidad de propósito los distintos modos en que el ser humano comprende todos los condicionantes de su pensamiento, sentimiento, volición y acción ‒tanto internos como externos‒, y el problema de la realidad, tal y como la revelan las ciencias, ocupa una parte central en dicha comprensión. En efecto, no hay filosofía que valga (ni siquiera la metafísica) sin las aportaciones de la ciencia, aunque la filosofía no gire en torno a ésta, a modo de propedéutica o glosa suya (para reducirse a gnoseología, epistemología o “filosofía de”), sino que la trasciende en la dirección racionalmente universalista que explora los fines ideales de la existencia. No obstante, si no quiere perderse en lo literario o lo místico, cayendo en desvaríos subjetivistas, necesita de una ontología que la ancle en lo real. El enfoque materialista, de hecho, le muestra las condiciones de convergencia ante el conflicto entre diferentes visiones del mundo, imposibles de hallar desde lo simbólico, y difícilmente argumentables desde una idealidad entendida en abstracto ‒sin dicha base ontológica‒, pues tiende a inventarse “mundos inteligibles” desconectados de lo real, más que a descubrir el verdadero espacio lógico.
Por eso llamo “ideomaterialismo” a la metafísica que defiendo, la cual constituye una reflexión acerca del sentido y los fines de la existencia humana, pero para ello ha de recurrir al conocimiento objetivo de los medios para su realización ‒un conocimiento del medio natural, social y psíquico‒. Es decir, que precisa de referencias sólidas y concretas a la ciencia actual (como, a lo largo de la historia, han trabajado los filósofos, quienes por lo general han cultivado a la vez las ciencias, antes de la trágica separación de éstas y las humanidades, ya bien entrada la Edad Contemporánea). El ideomaterialismo es, en cuanto metafísica, una interpretación del mundo, pero debe poder converger con otras interpretaciones, como todo lo que es verdadero, gracias a su base material (así, la ontología, y con ella las ciencias, se vuelven el anclaje crucial del concepto de mundo). De este modo, el idealismo del mundo se complementa necesariamente con el materialismo de la realidad (“lo primero para nosotros” y “lo primero por naturaleza”, respectivamente). Si bien me referí a esto en otro tiempo como un “materialismo hermenéutico-crítico”, ahora lo he integrado en el triángulo teórico ‒más complejo e interconectado con otras disciplinas‒ formado por la metafísica ideomaterialista, el método topológico y la ontología monista asimétrica.
Esa conexión entre filosofía y ciencias es imprescindible, como decía, para no caer en la exaltación de lo subjetivo y de un culturalista inevitablemente irracionalista (“todas las verdades y valores son relativos”, o son “constructos culturales”, o “resultados de correlaciones históricas de poder”, etc.); narrativas o relatos más literarios y apologéticos que otra cosa, sobre los que no se puede erigir ningún discurso consistente, y que tanto daño han hecho a la genuina filosofía, reportándole una gran parte del descrédito y la irrelevancia social en que se había sumido en los últimos tiempos. Desde el punto de vista ontológico, las ciencias son anteriores a la filosofía ‒que se sirve de ellas, por tanto, y no las fundamenta ni es saber sustantivo alguno sobre lo real‒; es cierto que puede haber “mundo” sin ellas, pero nunca será uno universalista, sino única y exclusivamente el intento de imponer un marco cultural sobre otros, haciendo pasar su particularidad por universalidad y justificando este movimiento en una idealidad ilusoria y unilateral, puro simbolismo exacerbado (una falsa transjetividad, por tanto) desconectado de relaciones objetivas con la realidad. Es preciso, no obstante, distinguir el trabajo estrictamente científico de exploración de lo real que llevan a cabo las ciencias (“ontonomía”) de la asimilación del mismo y su traducción a principios racionales generales que efectúa la filosofía (ahora sí, estrictamente, “ontología”), que, en cuanto esquema de la estructura objetiva del mundo, con la que lo simbólico y lo transjetivo han de ser cuando menos compatibles ‒la ontología monista asimétrica que garantiza el establecimiento de la verdad‒, posee unas líneas fundamentales que desarrollaré en próximos artículos.
El problema de la verdad surge originariamente del disenso en torno a la realidad entre individuos, momento en el cual su resolución es un asunto estrictamente pragmático que más tarde introduce intervenciones técnicas y, debido a la creciente sofisticación de éstas, finalmente lleva a la aparición de una perspectiva teórico-científica. Pero ese problema, posteriormente, se eleva a un disenso entre culturas, y es entonces cuando surge la filosofía, fruto de un espacio sociopolítico de reflexión notablemente avanzado, como lo era el griego, capaz de un ejercicio de profundo autocuestionamiento. Se llega así al concepto de mundo (kósmos) como tal, que recibe muchas modulaciones históricas, puntualmente reflejadas por la historia de la filosofía. Y, por último, el problema de la verdad sufre una torsión adicional cuando llega a convertirse en un disenso entre mundos, esto es, formaciones materiales, simbólicas e ideales que ya no se corresponden con culturas particulares, sino que son “transversales” a éstas; pero habría que decir, mejor aún, que en este punto el problema gira en torno a la existencia misma del mundo, pues es la noción que ha guiado de un modo sutil pero eficiente la historia de Occidente y que, ahora, es puesta en cuestión. El mundo está amenazado como tal concepto regulador (en cuanto establece las condiciones de convergencia) de la verdad y la normatividad. Esto ocurre en el contexto de la cultura de masas y la sociedad de la información, en el que la saturación, la mala calidad y la manipulación intencionada de ésta, junto a la cada vez más alta polarización de los bloques ideológicos, crean una situación en que ya no hay ‒o se borra a propósito‒ un conjunto descriptivo y valorativo común a éstos; son, en efecto, conjuntos disjuntos, sin nada en común, que proyectan mundos radicalmente diferentes y, no obstante, en la medida en que se ven obligados a confrontarse, generan una sensación de absoluto sinsentido con graves consecuencias psicosociales.
Ésta es la época de la “posverdad” en que nos hallamos. En esta coyuntura histórica, la ciencia, en cuanto registro de la verdad, ya no es capaz de poner de acuerdo a la población acerca de lo que es real o no ‒por más que ella sigue descubriéndolo y ofreciendo demostraciones altamente convincentes para cualquier ser racional‒, y por ello es ampliamente desoída; tal cuestionamiento de la ontonomía, en una escala antes inédita, hace necesario replantear la ontología, o sea, los principios racionales generales que guían la comprensión de lo real (y así, posibilitan un mundo), para propiciar una nueva forma de Ilustración acorde a estos tiempos inciertos.
Para profundizar más en este tema, puedes leer mi libro PUCHE, D. D.; Topología del mundo. Naturaleza, antroposistemas y racionalidad, Madrid: Grimald, 2025, donde lo desarrollo por extenso. Y, entretanto, permanece atento a próximas publicaciones en que seguiré explorando el asunto.
Por D+D Puche Díaz
Filosofía | 15-3-26
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